Mi confrontación con la docencia
Vaya tarea que tenemos actualmente, repensar nuestra confrontación con la docencia. Un ser humano, con todos sus defectos y virtudes, al frente de un grupo de personas con la responsabilidad de ayudarlos a aprender. ¡Toda una aventura!
Hace poco, bromeaba con algunos compañeros diciéndoles que si existe el infierno, seguramente el diablo tiene un caldero especial para los malos maestros, ¿por qué? Bueno, si uno es un mal médico, por ejemplo, va destruyendo vidas de una a una; si uno es un mal policía, va dañando de uno en uno; pero, si eres un mal maestro, vas destruyendo vidas de treinta en treinta o de cincuenta en cincuenta; y no sólo eso, sino que lo vas haciendo cada hora.
Como les platicaba en la semana introductoria a este segundo módulo, soy egresado de la UNAM, de la carrera de Relaciones Internacionales, ahí encontré un maestro que nos hablaba sobre la responsabilidad que teníamos al ser “reproductores del conocimiento.” Aun hoy, cada vez que tengo un problema en el aula, me pongo a pensar que haría alguno de mis admirados profesores. En un principio, quizás sin darme cuenta, fui poco a poco influenciado por mis buenos maestros; aunque creo que también de los malos, al menos, para no repetir los mismos errores. El transito de la carrera a la docencia fue paulatino y, estoy seguro, de manera más suave que en otros casos. Me explico: tengo dos hermanos y una hermana; los tres, en algún momento de su vida, y dos de ellos actualmente, han sido maestros. Tengo varios amigos que, igualmente, han optado por la docencia. Así que, inspirado por todos ellos, o quizás siguiendo un camino natural, he optado por esta carrera.
En un principio, dar clases no era más que un pasatiempo. Un par de días a la semana, en alguna pequeña escuela particular o ayudando a alguien con cierto tema de estudio. No más.
Algunos años después de egresar de la universidad, cuando me di cuenta que estaba perdiendo mi nivel de inglés, decidí seguir estudiando y me incorporé a los cursos del instituto Harmon hall. Después opté por el curso de maestros, lo aprobé y me quedé un par de años a trabajar con ellos. Esa fue la primera ocasión que escuché hablar de: un método de enseñanza; de un plan de sesión; de la planeación de un curso; de material didáctico; de las teorías del aprendizaje, etcétera, etcétera.
Había mejorado mi práctica docente. Sin embargo, aun no me veía como un maestro de tiempo completo y seguí rodando por cualquier lugar que me diera la oportunidad de enseñar. La docencia, seguía siendo un pasatiempo.
Años después, por diversas razones, decidí dejar mi cuidad natal, el Distrito Federal, y me mudé al Estado de Querétaro, a San Juan del Río. En esta ciudad, en el año 2005, me incorporé al Instituto Tecnológico como maestro de inglés. La buena acogida de la escuela, la respuesta de los estudiantes y mi buena disposición y ánimo, me convencieron que algo bueno tenía que aportar.
El año pasado, me incorporé al Conalep y, ocasionalmente, sigo colaborando con el Tecnológico, institución a la que le tengo mucho cariño. El transito del nivel superior al medio superior me tomó por sorpresa. Aun desde mis años de Harmon hall estaba acostumbrado a los adultos. Generalmente atendía grupos matutinos o sabatinos, llenos de gente que trabaja. Los cursos en el tecnológico eran de inglés para titulación, de jóvenes de más de veinte años. Así que este nuevo nivel de enseñanza significó para mí un nuevo reto, además de una oportunidad para crecer como maestro y como persona.
Actualmente, la docencia es para mí la cosa más seria del mundo, aunque no ha perdido su carácter lúdico. Igual que para el niño el juego es lo más importante de su vida, siempre he pensado que las cuestiones capitales de la existencia no deben de perder la frescura del juego. Por supuesto, ahora veo, ya con más años y experiencia, la gran responsabilidad de esta profesión, la gran oportunidad que tengo que cumplir, y vivir en carne propia, lo que significa regresar un poco de lo que otros te han dado. Y no es fácil.
Cuántas veces he pasado horas preparando un tema que no ha trascendido en el aula. No lo sé. Cuántos buenos alumnos he visto dejar sus estudios por problemas económicos. Perdí la cuenta. Cuánto tiempo he pasado luchando con problemas burocráticos y falta de recursos en una escuela. No quiero acordarme.
Mi carácter me induce siempre a buscar el lado bueno de las cosas, o como les digo a mis estudiantes: “como buenos mexicanos, hagamos mucho con poco.” Esta profesión es muy noble. No me deja ir a la cama sin anotar algo bueno. Un alumno sonríe al recibir las buenas notas que se ha ganado; otro vence sus miedos y se acerca a ti por ayuda; uno más te agradece la clase. Si estos no son motivos para levantarse cada día, no sabría que más agregar.
El caldero del diablo está que rebosa de carne. Yo no quiero ser uno más de ese montón. ¿Y tú?
Por ahora me despido.
Gracias a quién haya tenido la paciencia de leerme.
Saludos.
Rubén Cosío.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
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Al igual que tú, yo no quiero ser uno más del montón y también tengo bien presente la influencia que podemos tener con nuestros alumnos. Felicidades por tu responsabilidad.
ResponderEliminarEleuteria:
ResponderEliminarGracias por tus comentarios. Como dices, es importante estar conciente de la influencia que podemos tener en nuestros estudiantes, ya sea buena o mala. Hay que trabajar con responsabilidad.
Saludos.
Rubén Cosío.